Ciberseguridad sin filtros: Más allá del 50×50, un análisis interseccional desde Venezuela
La meta de paridad de género en ciberseguridad es ambiciosa, pero ¿de qué mujeres hablamos cuando la infraestructura falla, la edad se convierte en un muro invisible y el éxito depende más del código postal que del talento? Un enfoque de justicia social científica para entender los verdaderos desafíos de la mujer venezolana en la tecnología.
Cuando el algoritmo también tiene género
La noticia llegó con titulares optimistas: la UNESCO lanza la campaña Imagine un mundo con más mujeres en la ciencia, apoyada por el Canada’s International Development Centre (IDRC). En paralelo, la organización ISC2 impulsa el ambicioso proyecto *50×50*: lograr que para 2050 la mitad de la fuerza laboral en ciberseguridad esté conformada por mujeres. En un mundo donde apenas el 22% al 25% de los profesionales del sector son mujeres —frente a un 75%-78% de hombres—, cualquier iniciativa que promueva la equidad parece un rayo de esperanza.
Sin embargo, el periodismo científico con enfoque de género tiene la obligación de ir más allá del dato esperanzador y preguntarse: ¿a qué mujeres estamos incluyendo realmente? ¿A las que viven en Silicon Valley con acceso a certificaciones de miles de dólares? ¿A las jóvenes menores de 30 años que ya rozan el 30% de participación? ¿O también a la ingeniera venezolana de 52 años que debe enfrentar apagones mientras protege datos críticos?
Este artículo analiza, desde una perspectiva interseccional y con evidencia reciente, los estereotipos, sesgos y barreras sistémicas que el discurso corporativo de la ciberseguridad suele invisibilizar, con especial foco en el contexto venezolano.
1. El espejismo de la “superación individual”
El primer hallazgo del análisis es sutil pero profundo: el discurso dominante tiende a centrarse en la superación individual. Frases como “ellas lograron llegar a puestos de dirección” o “el esfuerzo personal rompe techos de cristal” son comunes en las notas de prensa institucionales. Si bien evitan clichés básicos (colores pastel, flores, roles emocionales), imponen una presión irreal: el éxito depende casi exclusivamente de la voluntad de la mujer, no de políticas públicas, infraestructura o corresponsabilidad en los cuidados.
“El sesgo de normalización del privilegio” —explica un estudio de la Fuerza Laboral de Ciberseguridad 2025— hace que el 42% de los hombres encuestados afirme no ser consciente de barreras significativas para las mujeres, mientras que solo el 17% de las mujeres coincide con esa visión”.
En otras palabras: el primer firewall que hay que derribar no es técnico, es cultural. Y en Venezuela, esa ceguera se agrava cuando la crisis eléctrica o la falta de conectividad de calidad no son consideradas parte del “problema de género”.
2. ¿Dónde están las mujeres reales? El problema de la invisibilidad estadística
En la campaña de la UNESCO y en la cumbre *50×50 de ISC2*, las mujeres aparecen representadas con títulos de alta dirección. Esto es positivo, pero insuficiente. La ausencia de firmas personales en las noticias (anonimato institucional) y la falta de imágenes que muestren diversidad real —no solo “modelos corporativos” multirraciales— ocultan quién jerarquiza la información y con qué sesgos.
Además, los datos globales más recientes (2026) muestran avances, pero también grietas:
| Región / País | % de mujeres en ciberseguridad |
|---|---|
| Italia | 26.7% |
| Singapur | 26.2% |
| Canadá | 21.2% |
| India | 20.9% |
| México | 19.9% |
| Brasil | 19.7% |
| EE. UU. | 18.3% |
| Venezuela | 20-22% (estimado) |
Venezuela se ubica en el promedio global, pero con una diferencia crucial: el 53% de las investigadoras científicas en el país son mujeres (líder regional en ciencia básica), pero en ciberseguridad corporativa el porcentaje cae. ¿Por qué? Porque la “fuga de cerebros” —migración de talento— afecta tanto a hombres como a mujeres, pero golpea con más fuerza a las profesionales que también son madres o cuidadoras principales.
3. El género que se nombra primero: ¿mujeres y minorías o “investigadores” a secas?
Un indicador sutil pero revelador es el orden de los términos. En la noticia analizada, al tratarse de un evento de mujeres, “ellas” aparecen primero. Sin embargo, en el desarrollo se lee: “menos del 10% de los investigadores son mujeres”, en lugar de “investigadores e investigadoras”. Esa omisión gramatical no es inocente: reproduce la idea de que el sujeto universal de la ciencia es masculino, y la mujer es una excepción que debe nombrarse aparte.
Por otra parte, el esfuerzo por decir “women and minorities” es un avance, pero sigue siendo insuficiente si no se nombran las capas de identidad: mujer + migrante + profesional senior + madre + habitante de zona rural.
4. Interseccionalidad aplicada a la ciberseguridad venezolana
La interseccionalidad —término acuñado por Kimberlé Crenshaw— nos obliga a cruzar variables. No es lo mismo ser mujer en ciberseguridad en Caracas que en Lagos o Budapest. En Venezuela, el análisis debe incluir al menos tres ejes:
a) Factor geográfico e infraestructura
Una experta en seguridad de datos en Maracaibo no solo enfrenta sesgos de género: también lidia con cortes eléctricos programados, fallas de conectividad y dificultades para acceder a certificaciones internacionales en dólares. Su competitividad global está condicionada por algo que no se resuelve con “empoderamiento”.
b) Factor generacional
La industria idolatra la juventud. Las profesionales mayores de 50 años —que poseen un criterio ético y legal invaluable para la gobernanza de datos— sufren una doble invisibilización: por edad y por género. En Venezuela, muchas de ellas son las directoras de TI o ciberseguridad en universidades y entes públicos, pero rara vez aparecen en las fotos de las cumbres internacionales.
c) Factor socioeconómico
El acceso a certificaciones como CISSP, CISM o CEH cuesta entre 600 y 2.000 dólares. Eso filtra no por talento, sino por capacidad de pago. Sin políticas de becas o alianzas locales, la “paridad 50×50” seguirá siendo un privilegio para unas pocas.
5. La triada de adaptación: tecnología, ética legal e inclusión social
La noticia analizada propone un camino: la Triada de Adaptación, donde convergen tecnología, ética legal e inclusión social. En Venezuela, esto implica:
- Tecnología: desarrollar soluciones locales de bajo costo y alto rendimiento, que funcionen incluso con conectividad intermitente.
- Ética legal: redactar leyes de ciberseguridad que no hablen de “la mujer” en abstracto, sino que consideren barreras específicas: cuidados, edad, ruralidad, migración.
- Inclusión social: medir no solo cuántas mujeres entran, sino cuántas se quedan y cuántas lideran. Y por qué las que se van, se van.
6. Recomendaciones para el periodismo científico en ciberseguridad
A partir del análisis crítico, proponemos estas pautas para mejorar la cobertura mediática del tema en Venezuela:
- Nombrar siempre el contexto: no basta con decir “las mujeres en ciencia”, hay que decir “las mujeres en ciencia en zonas con crisis eléctrica”.
- Entrevistar también a quienes desertaron: el sesgo de confirmación solo muestra casos de éxito. Las barreras reales las conocen quienes se fueron del sector.
- Mostrar imágenes reales y diversas: no solo fotos de eventos corporativos. Incluir a técnicas de campo, auditoras senior, docentes de universidades públicas.
- Evitar el pinkwashing: que el logotipo de la campaña no sustituya políticas concretas de corresponsabilidad en los cuidados o becas de certificación.
- Explicitar la firma y el sesgo del medio: el anonimato institucional oculta la posición desde la que se jerarquiza la información.
Conclusión: El verdadero éxito del 50×50 será la desaparición de la indiferencia
La iniciativa de la UNESCO y el proyecto 50×50 de ISC2 son pasos necesarios, pero no suficientes. El periodismo científico con enfoque de género tiene la responsabilidad de actuar como un puente que humanice los datos y revele los silencios estadísticos.
En Venezuela, donde las mujeres ya son mayoría en investigación científica básica pero siguen siendo minoría en ciberseguridad corporativa, el desafío no es solo “sumar mujeres a la foto”. Es transformar las bases educativas desde las comunidades locales, garantizar conectividad y energía eléctrica como derechos previos, y romper ese 42% de indiferencia masculina que hoy considera que “no hay barreras”.
Como concluye el documento base: “El verdadero éxito de este proyecto no se medirá en 2050 por el número de empleadas, sino por la desaparición de ese 42% de indiferencia masculina ante las barreras que hoy son una realidad cotidiana para sus compañeras”.
En otras palabras: la ciberseguridad del futuro no será segura si sigue siendo ciega a la mitad de la humanidad… y a las múltiples vidas que habitan dentro de esa mitad.
Nota final: Este artículo fue elaborado como ejercicio de periodismo científico interseccional, basado en el análisis crítico de Mayrin Araujo y Beatriz Nunes para el Diplomado de Periodismo Científico MINCyT (2026). Los datos de participación femenina por país corresponden a estimaciones de ISC2 y consultoras tecnológicas actualizadas a 2026.

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